El año más extraño de nuestra vida

El año más extraño de nuestra vida

El año más extraño de nuestra vida.

Este 2020 que hoy finaliza ha sido, sin duda, el más extraño de nuestra vida.

Porque todos pensamos que más o menos sabíamos de que iba todo esto, a la vida, me refiero.

Pero sin duda, ésta se ha encargado, y me vais a permitir la expresión, “de darnos una torta en la cara a dos manos”.

El 1 de enero de 2020 todos teníamos planes: bodas, viajes, conciertos cumpleaños, graduaciones, aniversarios.

Planes que dábamos por hecho que haríamos.

Pero no. 

El 14 de marzo nos tuvimos que meter en casa. De pronto, el mundo se paró. Y con él, nuestras vidas, en el sentido más amplio de la palabra.

Quiero decir por supuesto, para mucha gente se paró mucho más.

Porque para todos aquellos que han perdido a uno o más familiares debido a esta pandemia, todo esto es  mucho, muchísimo mas duro.

Pero lo cierto es que a todos se nos paró la vida de alguna manera.

Sobre todo, porque tuvimos que dejar de ver a nuestros familiares, a nuestros amigos. A la gente que queremos.

El curso finalizó para miles de estudiantes que se vieron obligados a verse (con suerte) con sus profesores y compañeros a través de ordenadores.

No había tiendas. No había bares. No había ocio. Nada.

Hicimos ejercicio en casa. Los abuelos aprendieron a usar el Zoom y el face time para ver a sus nietos.

Agotamos las ventas on line de mancuernas y bicis estáticas; de levadura y harina.

Salimos a aplaudir a las 8.

Yo creía fielmente que por admiración a los médicos, enfermeras y todas las personas que nos cuidaban en primera línea (y quiero incluir aquí a todo el personal de supermercados y de aquellos sectores considerados “esenciales”. Porque ellos también nos cuidaron y permitieron que nuestra vida en casa, fuese mas o menos “normal”).

Ahora, me perdonareis, pero esto ya no lo tengo tan claro (lo de la admiración, me refiero, viendo el comportamiento irresponsable posterior de muchas personas).

Recuerdo el silencio. El silencio de la calle. Me levantaba y tenía la sensación de vivir en el campo. Porque lo único que se escuchaba desde mi casa era el canto de los pájaros.

Y el cielo. Nunca fue tan azul.

Esas primeras semanas de confinamiento, en esta casa convivimos con el covid.

Con ese covid que, si ahora aún sigue siendo un misterio, esos días era temible.

Mis dos hijos lo pasaron: uno asintomático (de hecho si no es porque tiene anticuerpos, jamás hubiésemos pensando que lo había tenido); Nicolás, estuvo fastidiado . No grave, pero sí fastidiado.

Yo tengo mis dudas de si lo pase o no. Anticuerpos dese luego no tengo.

52 días estuve sin salir de casa. Nada de nada.

Os confesaré que una de las cosas que más me gustó hacer cuando pude salir de nuevo fue conducir. Supongo que eso significaba volver a sentir la “libertad”.

El verano nos dio una tregua.

Y el mío, respetando todo lo que había que respetar, fue genial.

Andalucía nos regaló su magia durante los 10 días que la visitamos. 

Llegó septiembre y comenzó el curso. Con pánico. Con miedo atroz que a se cerrasen los coles.

Pero os diré que creo que nuestros pequeños y más jóvenes son de las personas más responsables que me he encontrado en este tiempo.

Porque no señores. NO se han contagiado en clase y respetan al máximo todas las normas (y son muchas) que les han impuesto en los centros escolares.

Y aprovecho para agradecer la presencialidad al 100% que mis hijos han tenido hasta ahora, estando en secundaria.

Gracias de todo corazón al esfuerzo que se hizo desde educación y desde cada uno de los centros escolares de Navarra para que esto haya sido así.

Pero la gente se relajó.  Y el “a mí no me va a pasar” o “por un día no pasa nada” … pasó.

De eso los celíacos sabemos mucho, ¿verdad?

Y llegó esta tan temida segunda ola.

Y hoy, éste ultimo día del año yo me pregunto: ¿hemos aprendido algo?

Y lo más trise de todo, es que no se que contestar.

Personalmente sí. Como sociedad, quiero creer que también, pero mucho me temo que es más un deseo que una realidad.

Deseo, deseo con todas mis fuerzas, volver a abrazar a toda la gente que quiero. Juntarnos y reímos sin llevar mascarillas. Porque es lo que más echo de menos. El roce, el calor.

Deseo que mis hijos puedan ir a conciertos, que podamos viajar.

Deseo con todas mis fuerzas mis padres no tengan miedo a estar con sus nietos. Y que los abracen hasta que éstos se quejen.

Tengo claro que en cuanto pueda, me vacunaré.

Necesito creer que este 2021 nos devolverá lo que hemos perdido y veíamos como “normal”: la vida, el roce, la risa.

Adiós 2020.

Adiós al año más extraño de nuestras vidas.

Salud, 2021.

Helena

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